domingo, 17 de marzo de 2013

crítica de LA MALCRIADA POR NATALIA GAUNA


A partir del 7 de abril, todos los domingos a las 20 hs. en  la Sala El Ópalo, Junín 380// Entrada $70.-


La malcriada, es un espectáculo de difícil definición imposible de encasillar en un género. Comedia, stand-up, ópera y hasta con ciertos tintes de drama, este espectáculo resulta interesante para un público que ríe de principio a fin con una Veronica Diaz Benavente, la protagonista que demuestra todo su talento.

El humor funciona o no. Explicar por qué algo provoca risa resulta una quimera. Así también, un chiste resulta gracioso sin demasiada lógica. Nunca sabemos bien por qué nos reímos de lo que nos reímos. A pesar de las complicaciones para la comprensión del humor, un factor indiscutido es el contexto en el que se genera el episodio gracioso o en el que se cuenta el chiste. En un ambiente en el que todos se ríen, es probable que el resto termine contagiándose del jolgorio. El café concert –inspiración del stand up- construye la clave humorística en el contexto. El público se distribuía en pequeñas mesas en las que comían y venían hasta comenzar el espectáculo. El artista monologaba respecto de una temática que atravesaba la obra pero que, a su vez, disparaba otros tópicos de interpelación al público. Siempre, y aquí radica la intención manifiesta del monologuista, en busca de la identificación porque aquello que a él le sucede es también lo que le sucede a los espectadores. De esta manera, la risa es el humor consumado, la representación del éxito. Bajo esta misma lógica, el espectáculo protagonizado por Veronica Díaz Benavente se ancla en el escenario del teatro Moliere. Sorpresivamente, funciona en todo momento porque el público nunca deja de reír.

La malcriada es la historia de una cantante de ópera en decadencia. Dice ser una estrella, pero lo cierto es que su presencia dista mucho de aquello. Situada en el transcurrir de un concierto, la protagonista oscila entre la interpretación de grandes obras de la música clásica y la conversación con el público sobre su infancia, la relación con sus padres –en especial, con su madre un tanto castradora-, su visión de los hombres y los temores de la vida moderna. En este devenir de pasajes que contemplan un sinfín de espacios y tiempos superpuestos, es difícil unificar el argumento de la historia. A favor es que cada bloque funciona por si mismo, unos mejor que otros. En contra, la imposibilidad de encontrar la razón madre de este espectáculo.

Veronica Diaz Benavente, es actriz, cantante y creadora de su propio espectáculo bajo la dirección de Rodrigo Cárdenas. Habiendo formado parte del elenco del Teatro Municipal General San Martin y con una clara vocación, esta artista multifacética despliega todo su talento en cada ópera que interpreta erizándole la piel a los espectadores. El momento álgido de su expresión vocal lo logra en la excelente interpretación de La reina de la noche de ópera La Flauta Mágica de W. A. Mozart. Todo esto posible también gracias al talento del pianista,  Damián Roger que con maestría acompaña a la cantante.

Por otra parte, Benavente demuestra su histrionismo con su rol de cómica. Divierte cuando monologa sobre las frases evasivas que odian las mujeres de los hombres (“no tenía señal, no tenía crédito, no escuché cuando me llamaste, no te podía atender, etc.”) o cuando alude a los miedos e impresiones que le provocan ciertas situaciones cotidianas como la de viajar en colectivo. Si bien, estos pasajes divierten, por momentos cae en la tentación de explicar el chiste lo cual termina por negarlo.

Esta conjunción entre la ópera y la comedia resulta un espectáculo original, muy pocas veces visto en el teatro porteño. Apuesta a lo bizarro como estética para potenciar cada uno de los géneros históricamente distantes, opuestos en tanto la comedia se supone popular y la ópera de espíritu elevado. Con La Malcriada, esta dicotomía se supera. Este es el aspecto mejor logrado del espectáculo y por lo cual vale la pena ir a verlo. La diversión está asegurada, las carcajadas de los espectadores no pueden discutirse

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